Libro "El Reino de Ikar" Capítulo 1 (Extracto)


Era tiempo de nieve en el bosque, un bosque vasto y extenso, lleno de frondosos y altos árboles, todos cubiertos por la nieve en sus ramas. El viento silbaba al atravesar las ramas espesas, su sonido se entremezclaba con el crujir del hielo bajo las patas de los animales que transitaban en la distancia.

Era un territorio de lobos, un dominio salvaje y peligroso donde la naturaleza imponía sus propias reglas. Allí vivía una poderosa manada liderada por Zart, un gran lobo negro cuyo pelaje absorbía la luz como un pozo sin fondo. Su figura era imponente, con ojos dorados que reflejaban tanto sabiduría como peligro.

Zart reinaba con una autoridad férrea, sus órdenes no eran discutibles, y los demás lobos le temían, aunque en el fondo lo respetaban. Era un guerrero legendario, conocido por no haber retrocedido nunca en una batalla, ni siquiera cuando parecía imposible salir victorioso. Su cuerpo, marcado por cicatrices, contaba historias de enfrentamientos cruentos. A menudo, el viento hacía ondear su pelaje, como si la misma naturaleza reconociera su supremacía y quisiera rendirle homenaje.

El campamento de la manada estaba estratégicamente ubicado en un valle rodeado por árboles centenarios. Un riachuelo serpenteaba entre las rocas, alimentado por la nieve derretida de las montañas cercanas. A lo lejos, un volcán dormitaba, su respiración humeante recordaba a todos que el peligro siempre estaba presente, incluso en la aparente tranquilidad.

En el valle, había un cerro rocoso repleto de cuevas y formaciones naturales que servían de refugio para los lobos. Cada cueva estaba asignada cuidadosamente, y su distribución reflejaba la jerarquía de la manada.

Zart era meticuloso en la organización. Los límites del territorio estaban claramente marcados, no solo por el aroma de su orina, sino también por su presencia constante. Los lobos sabían que cruzar esas fronteras era un acto de traición, algo que Zart no perdonaría. 

Su liderazgo era tan fuerte que incluso los cachorros, que jugaban despreocupados en el valle, sentían la necesidad de obedecerle. Silka, una de las lobas más destacadas de la manada, compartía una conexión especial con él.

Era valiente, curiosa y tenía un instinto casi infalible para la caza. Aunque Zart nunca lo decía en voz alta, sus ojos la seguían con interés, admirando su determinación y habilidad.

Un día, mientras el grupo de caza recorría el bosque en busca de presas, Carl, el segundo al mando, detuvo la marcha abruptamente. Levantó la cabeza, olfateando el aire con atención.

—Zart —llamó con un tono de alarma—. Hay algo allá, cerca de los árboles. Parece... un cuerpo.

Zart detuvo la marcha y levantó las orejas. Desde su posición, observó el lugar señalado por Carl.

—Ve a verificar —ordenó, su voz resonando como un trueno contenido.

Carl avanzó seguido de otros dos lobos. Se acercaron con cautela, moviéndose como sombras entre la nieve.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Carl se agachó para inspeccionar lo que parecía ser un lobo tendido. Su pelaje estaba enmarañado y cubierto parcialmente por la nieve, como si hubiera estado ahí durante horas. Lo olfateó con cuidado antes de moverlo ligeramente con el hocico.

—No se mueve, pero respira —dijo Carl finalmente, su voz cargada de incertidumbre.

Silka, que observaba desde una distancia prudente, dio unos pasos hacia adelante. Su curiosidad la empujaba a investigar, pero mantenía la guardia en alto. Cuando llegó junto a Carl, olfateó el aire alrededor del lobo desconocido, intentando captar cualquier rastro que revelara su historia. Los demás lobos comenzaron a rodearlo, creando un círculo de miradas inquisitivas.

—Es un lobo... —dijo Carl en voz alta—. Está vivo.

Zart, que había permanecido a cierta distancia, observaba la escena con una mezcla de interés y preocupación. Sus ojos dorados se entrecerraron mientras el viento agitaba su pelaje. Parecía calcular cada posibilidad, evaluando el riesgo que representaba aquel extraño.

—Llévenlo al campamento —ordenó finalmente, con un tono que no admitía réplica.

Los lobos obedecieron de inmediato. Con cuidado, levantaron al lobo herido y comenzaron el camino de regreso. Silka se ofreció para ayudar, caminando cerca de Carl mientras lanzaba miradas al extraño. Había algo en él que la inquietaba, pero no podía precisar qué era.

Zart los siguió de cerca, manteniendo una distancia que le permitía observar sin interferir.

Su mente trabajaba en silencio, analizando las posibles consecuencias de aquella decisión. Un lobo extraño en su territorio podía ser una amenaza, pero también podía ser una oportunidad.

Al llegar al campamento, el lobo herido fue colocado en una de las cuevas más alejadas del centro. Los cuidadores se encargaron de limpiarle las heridas mientras Zart permanecía en la entrada, observando cada movimiento con atención. Silka, que no podía contener su curiosidad, se quedó cerca, esperando cualquier indicación de su líder.

—¿Qué opinas de él? —preguntó Zart, sin apartar la vista del lobo herido.

Silka dudó por un momento antes de responder.

—No lo sé aún, Zart. Pero hay algo en él... algo extraño.

Zart asintió lentamente, como si sus palabras confirmaran un pensamiento que ya había cruzado por su mente.

—Entonces vigílalo —dijo, girándose para regresar al centro del campamento—. Quiero saber quién es antes de decidir su destino.

El viento sopló con fuerza, trayendo consigo un aullido lejano que resonó como un presagio.


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