"La desesperanza"
Cuando la desesperación aparece… no lo hace de golpe.
Se instala poco a poco.
En los intentos que no salieron.
En las promesas que no se cumplieron.
En los silencios que dolieron más de lo que esperabas.
Y sin darte cuenta… empieza a pesar.
Pensar cuesta.
Respirar cuesta.
Creer que algo puede mejorar… cuesta aún más.
La mente se llena de ruido.
Dudas.
Miedos.
Recuerdos que no sueltan.
El cuerpo se cansa antes de empezar.
Y el corazón… pierde ganas.
No porque seas débil.
Porque te has desgastado.
Porque has aguantado más de lo que parece.
La desesperación no te define.
Es un estado.
No eres eso… estás pasando por eso.
Y aunque ahora parezca que no hay salida…
Sí la hay.
Pero no es rápida.
No es perfecta.
Empieza por algo simple… y difícil a la vez:
Aceptar.
Aceptar que no estás bien.
Que estás cansado.
Que algo dentro de ti necesita tiempo.
Aceptar no es rendirse.
Es entender desde dónde partes… para poder moverte.
Luego viene algo necesario:
Sacudirse.
No olvidar lo que pasó.
Pero sí dejar de cargarlo todo el tiempo.
Soltar un poco ese peso que no te deja avanzar.
Las culpas.
Las ideas que te repites.
Las voces que te dicen que no puedes.
No tienes que hacerlo perfecto.
Solo empezar a soltar… un poco.
Después…
Levantarte.
Y no, no tiene que ser algo grande.
A veces levantarte es pequeño.
Muy pequeño.
Respirar profundo.
Salir unos minutos.
Hacer una sola cosa que habías dejado pendiente.
Eso también cuenta.
Eso también es levantarse.
Y luego…
Avanzar.
Aunque no tengas ganas.
Aunque vayas lento.
Aunque dudes.
Avanzar.
Porque cuando todo se detiene… la desesperación crece.
Pero cuando te mueves… aunque sea poco…
Algo cambia.
El movimiento rompe el ciclo.
La acción empieza a aclarar la mente.
Y poco a poco… vuelve algo que parecía perdido:
La confianza.
No de golpe.
Pero vuelve.
No te compares.
Tu proceso es tuyo.
Tu ritmo… también.
El progreso no siempre se nota.
A veces es silencioso.
Interno.
Pero está pasando.
Cuando reaccionas distinto.
Cuando soportas mejor algo que antes te derrumbaba.
Cuando decides no rendirte… aunque te cueste.
Ahí estás avanzando.
No eres la desesperación.
No eres tus caídas.
No eres tus momentos más bajos.
Eres alguien que está atravesando algo… y puede salir de ahí.
No igual.
Pero sí más consciente.
Más fuerte.
Más real.
No tienes que reconstruir tu vida hoy.
Solo necesitas tomar una decisión:
No quedarte donde estás.
Un paso.
Luego otro.
Luego otro más.
Pequeños… pero constantes.
Así se reconstruye todo.
No de golpe.
Sino poco a poco.
Con paciencia.
Con respeto hacia ti.
Con la decisión de seguir… aunque cueste.
Sacudirse.
Levantarse.
Y avanzar.
Aunque sea lento.
Porque ese avance…
Sostenido en el tiempo…
Es el que transforma todo.
Si conectó contigo este artículo, también te gustará:
¿Por qué me siento vacío, aunque aparentemente todo esté bien?

Comentarios
Publicar un comentario