Cuando la vida te cansa: cierra los ojos, respira y luego sigue.
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Hay momentos en los que uno se cansa de verdad.
No porque haya dejado de querer algo.
No porque sea flojo.
No porque ya no tenga ganas de luchar.
Simplemente se cansa.
Se cansa de que las cosas no salgan como esperaba. De intentar resolver un problema y encontrarse con otro. De esperar que algo cambie y ver que los días pasan y todo sigue igual.
A veces haces lo que puedes.
Y no funciona.
Vuelves a intentarlo.
Tampoco.
Buscas otra solución.
Y nada.
Hasta que llega un momento en que ya no quieres pensar más.
Solo quieres acostarte.
Cerrar los ojos.
Y dejar de darle vueltas a todo.
Creo que eso nos pasa más veces de las que reconocemos.
Porque muchas veces seguimos haciendo nuestras cosas mientras por dentro estamos agotados.
Te levantas.
Atiendes tus responsabilidades.
Hablas con la gente.
Resuelves lo que puedes.
Y sigues.
Aunque por dentro estés pensando:
“¿Hasta cuándo?”
Porque una cosa es tener un problema y otra muy distinta es vivir durante mucho tiempo esperando que ese problema se resuelva.
Eso desgasta.
Te va quitando las ganas poco a poco.
Y lo peor es que a veces ni siquiera puedes explicar exactamente qué te pasa.
Solo sabes que estás cansado.
Cansado de esperar.
Cansado de intentar.
Cansado de no ver resultados.
Y entonces aparece la idea de que quizá deberías seguir haciendo algo.
Buscar otra solución.
Intentar una vez más.
Pensar qué estás haciendo mal.
Pero quizá en ese momento no necesitas hacer nada.
Quizá necesitas parar.
No para abandonar.
No para decir que todo terminó.
Solo para respirar.
Porque cuando estás demasiado cansado, hasta pensar se vuelve difícil.
Así que puedes cerrar los ojos.
Respirar.
Quedarte quieto un momento.
Y dejar que por unos minutos la vida siga sin que tengas que resolverla.
No pasa nada.
El problema seguirá ahí cuando abras los ojos.
Pero tú habrás tenido unos minutos para recuperar un poco el aire.
Y a veces eso es suficiente para volver a mirar las cosas de otra manera.
Tal vez descubres que estabas intentando solucionar algo que no dependía completamente de ti.
Tal vez encuentras una alternativa que no habías visto.
Tal vez entiendes que necesitas cambiar de camino.
Y tal vez no descubres absolutamente nada.
También puede pasar.
Entonces vuelves a levantarte sin tener la respuesta.
Y sigues.
Porque no siempre seguimos porque sabemos exactamente hacia dónde vamos.
A veces seguimos simplemente porque todavía no es el momento de quedarnos en el suelo.
Hay días en los que caminarás mucho.
Hay otros en los que apenas podrás dar un paso.
Y habrá días en los que la vida te golpeará tan fuerte que tendrás que sentarte.
No te castigues por eso.
No eres una máquina.
No puedes estar bien todos los días.
No puedes tener respuestas para todo.
Y tampoco puedes conseguir resultados siempre que quieras.
Hay cosas que tardan.
Hay problemas que no se solucionan rápidamente.
Hay situaciones que no dependen de nosotros.
Y aceptar eso no significa conformarse.
Significa reconocer que somos humanos.
Por eso, cuando sientas que ya no puedes más, quizá no necesites escuchar a alguien diciéndote que seas fuerte.
Quizá solo necesites que alguien te diga:
“Está bien. Descansa un momento.”
Cierra los ojos.
Respira.
Deja que pase un poco el cansancio.
Y cuando puedas, vuelve.
No hace falta que vuelvas corriendo.
Ni siquiera hace falta que tengas todo claro.
Solo vuelve al camino.
Un paso.
Después otro.
Y si mañana vuelves a cansarte, vuelves a parar.
Porque quizá seguir adelante no consiste en caminar sin detenerse nunca.
Quizá consiste en saber cuándo necesitas sentarte, respirar y recuperar fuerzas para poder continuar.
Y eso también es seguir.
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