¿Llorar es bueno o malo? Porque llorar, también es una forma de sanar
Desde pequeños nos enseñaron a contenernos.
A no llorar.
A “ser fuertes”.
A seguir como si nada doliera.
Y sin darnos cuenta… empezamos a guardar.
Guardamos lo que sentimos.
Lo que nos afecta.
Lo que nos rompe un poco por dentro.
Pero hay algo que nadie explica:
¿Dónde va todo lo que no sacas?
La verdad es simple… y poderosa:
Llorar no es debilidad.
Es una necesidad.
Es la forma en la que el cuerpo y la mente sueltan lo que ya no pueden cargar.
No lloras solo por lo que pasó hoy.
Lloras por lo acumulado.
Por lo que no dijiste.
Por lo que aguantaste.
Por lo que te dolió… y dejaste pasar.
Nos hicieron creer que ser fuerte es no sentir.
Pero la verdadera fuerza… está en permitirte sentir sin romperte por dentro.
Llorar es soltar presión.
Es como abrir una válvula cuando todo está al límite.
Y aunque el problema siga ahí…
Algo cambia.
Respiras distinto.
El pecho se afloja.
La mente se ordena un poco.
No es magia.
Es tu cuerpo ayudándote a sanar.
El llanto no te hace débil.
Te hace consciente.
Te obliga a reconocer que algo te importa, que algo te duele… y eso es el primer paso para procesarlo.
Porque lo que no sacas…
Se queda.
Y pesa.
Se convierte en irritabilidad, en ansiedad, en cansancio que no entiendes.
No es que no sientas.
Es que no lo estás dejando salir.
Hay personas que no lloran porque “son fuertes”.
En realidad… aprendieron a esconder.
A reprimir.
A no mostrarse.
Pero eso no las hace más fuertes.
Las hace más cargadas.
Llorar no te rompe.
Te recompone.
Eso sí…
No se trata de quedarte ahí.
No es vivir en la tristeza.
Es permitir que pase… y luego seguir.
Como la lluvia.
No cae para quedarse.
Cae para limpiar.
A veces lloras solo.
A veces con alguien.
Ambas formas son válidas.
Lo importante es no negarlo.
No juzgarte.
No avergonzarte.
Porque sentir… no es un error.
Es humano.
Ser fuerte no es aguantarlo todo.
Es permitirte soltar… y después levantarte con menos peso.
Así que si hoy tienes ganas de llorar…
No te pelees contigo.
Escúchate.
Déjalo salir.
Porque muchas veces, esas lágrimas…
No son señal de que estás mal.
Son señal de que estás sanando.
Y cuando pase…
Sigue.
Como siempre.
Pero más ligero por dentro.
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